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Purificados en esperanza

  • hace 13 minutos
  • 2 Min. de lectura


Versión en video: https://youtu.be/bvFEW-jp8yY


Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro. (1 Juan 3:2–3)


Nuestra identidad en Cristo es una realidad presente y futura. Ahora somos hijos de Dios, aunque todavía no hemos alcanzado la plenitud de lo que seremos en la eternidad. El apóstol Juan nos recuerda que, cuando Cristo regrese, seremos transformados y hechos semejantes a Él. Esta gloriosa esperanza no es una idea lejana ni un simple consuelo para tiempos difíciles; es una verdad que debe impactar la manera en que vivimos hoy.

 

La certeza de que veremos a Cristo cara a cara y que seremos como Él nos llama a un proceso de purificación. No podemos esperar con indiferencia ni con una vida descuidada. Acá, el Espíritu Santo es claro: todo aquel que tiene esta esperanza se purifica a sí mismo, como Cristo es puro.


La palabra “purificar” implica apartarse del pecado, despojarnos de todo lo que nos contamina y vivir en santidad. En un mundo donde la impureza es normalizada y donde los valores se alejan cada vez más de Dios, los creyentes estamos llamados a nadar contra la corriente. Nuestra santificación no es opcional ni secundaria; es una respuesta natural a la esperanza que tenemos en Cristo.


El Señor Jesús mismo es nuestro modelo de pureza. No solo nos salvó, sino que nos dejó un ejemplo para seguir (1 Pedro 2:21). Su vida fue completamente dedicada a la voluntad del Padre, sin mancha ni contaminación del pecado. Por tanto, si realmente anhelamos su venida, nuestra vida debe reflejar esa expectación mediante un andar en santidad. La pregunta clave es: ¿Cómo estamos viviendo mientras esperamos su regreso? ¿Nos esforzamos por mantenernos puros en pensamientos, palabras y acciones, o nos hemos acomodado a este mundo?


La purificación no es un acto pasivo, sino una acción diaria de someternos a Dios, renunciar al pecado y buscar la santidad. No significa que nunca fallaremos, pero sí que tenemos un corazón dispuesto a ser moldeado por Dios, dejando que su Espíritu nos transforme cada día más a la imagen de Cristo.

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